Si lo miramos desde otro ángulo,
la vida se vuelve un río que nunca deja de moverse.
Nada permanece igual, y aun así, algunas huellas
se vuelven eternas en la arena íntima del corazón.
Hay presencias que viven en nosotros sin acompañar nuestros días,
instantes fugaces que brillan como luciérnagas
y caminos que, por más que intentemos, nunca se encuentran.
Nos acercamos, nos reconocemos, nos soñamos…
y también aprendemos a soltar.
En ese gesto nacen los silencios:
espacios que parecen vacíos,
pero que en verdad son semillas donde germina la propia voz.
Ahí, en ese abrazo invisible,
descubrimos que nunca estamos del todo solos:
siempre nos acompaña la esencia que somos.
Y cuando al fin levantamos la mirada,
comprendemos algo dulce y profundo:
extrañar no es perder,
es permitir que alguien siga habitándonos en silencio,
como una luz suave que permanece,
aunque ya no escuchemos sus pasos cerca.

